#37 ¿Por qué no se hielan los pies de los pingüinos? de Mick O´Hare

(Publicado originalmente en PeB)

Este es el típico libro de preguntas que todos nos formulamos y de sus correspondientes respuestas. Con una pequeña diferencia. Tantos las preguntas como las respuestas no provienen de expertos sino de los simples lectores de la revista New Scientist, que luego han sido editadas por Mick O´Hare. Este punto tiene su parte positiva y su parte negativa. La positiva es que algunas respuestas hacen gracia, y es curioso ver cómo unos y otros (a veces se presentan varias respuestas diferentes para una misma pregunta) pueden diferir mucho en algunos detalles.

La negativa es que no te queda claro si lo que lees es la respuesta cierta o no es exactamente así.

Se supone que los lectores de la columna The Last Word (La última palabra) de la prestigiosa New Scientist deben de ser en su mayoría expertos o al menos gente medianamente cultivada. De hecho, esa es la impresión que causan muchas de sus respuestas. Pero en otras ocasiones, acabas sin saber muy bien qué creer. A veces el autor del libro sale a aclarar las confusiones generales, pero esto no suele ser lo habitual, lo cual que te deja aún más sumido en las dudas.

Por ejemplo, una de las preguntas que más me interesaban del libro (y que fue la razón de que lo leyera) sólo genera más y más preguntas. La pregunta es si el pasar frío está íntimamente relacionado con coger un catarro. Al parecer, no hay relación alguna, pero no acabo de entender la razón y finalmente parece que no atacan el problema de raíz. ¿Puedo ir sin abrigarme por la calle en un día de frío invernal sin constiparme? La verdad es que la experiencia dice que no, aunque la teoría diga que sí.

Otras preguntas curiosas (115 en total) que se plantean, sin embargo, sí que quedan bastante bien explicadas, y uno se siente considerablemente más sabio tras su lectura; sabio en cosas triviales, un poco absurdas, pero no por ello menos interesantes. ¿Por qué tenemos huellas dactilares? ¿Cómo opera el champú anticaspa? ¿Por qué el pegamento no se queda adherido a las paredes del tubo? ¿Por qué vuelven los bumeráns? ¿Por qué no sentimos cosquillas si nos las hacemos a nosotros mismos? ¿Puede verse la Gran Muralla China desde el espacio tal y como dice la cultura popular?

Las preguntas están divididas en nueve áreas: nuestros cuerpos, ¿te encuentras bien?, plantas y animales, comida y bebida, ciencia doméstica, nuestro planeta, tiempo extraño, transporte problemático y lo mejor del resto.

No es de los mejores libros de preguntas y respuestas que he leído (muchas preguntas son directamente tontas o surrealistas), pero está bien para pasar un rato, leyendo un par o tres de vez en cuando.

 

El lector que formula la pregunta tiene razón: se pueden obtener cubitos de hielo más deprisa utilizando inicialmente agua caliente en vez de fría. El mejor procedimiento es colocar el recipiente que contiene el agua sobre una superficie de escarcha o hielo. La temperatura más alta funde ligeramente la superficie helada sobre la que se apoya el recipiente, mejorando muco el contacto térmico entre éste y la superficie fría. La tasa superior de calor transferido desde el recipiente y su contenido excede con mucho la mayor cantidad de calor que tiene que eliminarse. Eso no se producirá, sin embargo, si el recipiente está suspendido o se apoya en una superficie seca. El primero que describió este fenómeno fue sir Francis Bacon, utilizando recipientes de madera sobre hielo. Mi propia investigación demostró que podían obtenerse cubitos de huelo en 15 minutos en vez de 20 si la escarcha del refrigerador era lo suficientemente gruesa. El incentivo para obtener el hielo un poco más deprisa es evidentemente mayor en Australia que en países más frescos.

 

Editorial RBA
Colección Divulgación
272 páginas

#36 ‘La semana laboral de 4 horas’, de Timothy Ferriss

(Publicado originalmente en PeB)

No soy aficionado a los libros de autoayuda, y mucho menos los dirigidos a empresarios y ejecutivos dinámicos a fin de optimizar su trabajo con algunas reglas zen de mercadillo. Pero desde que había oído a hablar de las bondades de La semana laboral de 4 horas, No hace falta trabajar más, no pude resistirme a echarle un vistazo. Será porque de natural me caracterizo por mi vagancia y su subtítulo, en consecuencia, me cautivó. No lo sé. La cuestión es que no me arrepiento del tiempo invertido.

Al terminar de leer la obra, obviamente, sigo sin saber cómo vivir sin trabajar (o sólo trabajando cuatro horas a la semana, que es lo que propone el autor), pero lo formidable de este libro no reside en ese punto sino en la lista de curiosidades y lúcidos puntos de vista sobre cosas que nos suelen amargar en el día a día. Cierto es que no son puntos de vista muy elaborados, pero en su sencillez y también en su eficacia reside su gracia. Sobre las curiosidades, hablaré más adelante.

Primero hay que hablar del autor, Timothy Ferriss, un singular tipo que en pocos años (todavía sin cumplir los 30), resultó tretracampeón mundial de lucha libre en jaula, fue el primer norteamericano en detentar en récord Guinness mundial de tango, dominó seis idiomas y se especializó en lingüística aplicada al japonés, chino, alemán y español, fue investigador en el campo del índice glucémico, campeón nacional en China de kickboxing, bailarín de breakdance en la MTV de Taiwán, asesor de entrenamiento de más de 30 deportistas con récords mundiales, actor en una serie de TV de máxima audiencia emitida en China y Hong Kong, trotamundos… y una lista interminable propia de un octogenario muy vivido (o de dos octogenarios).

La cuestión fundamental que trata de responder este libro es cómo obtuvo el autor todo el tiempo libre necesario para poder llevar a cabo todas estas proezas. Eso se consigue no viviendo para trabajar sino pensando en cómo otros pueden trabajar para nosotros (es fascinante descubrir que existe toda una red mundial de asesores a distancia por horas a precios muy reducidos que se pueden contratar en la India, por ejemplo). ¿Para qué jubilarte cuando llegues a viejo y no hacer minijubilaciones ahora? Luego trata de demostrarte que los miedos que todos tenemos a abandonar nuestras costumbres, vivir de país en país, comenzar de nuevo, son miedos en gran parte injustificados. Finalmente, te invita a descubrir cuántas posibilidades existen para viajar por todo el mundo por menos de lo que te cuesta un alquiler en una gran ciudad trabajando a distancia: no sin antes, claro, convencer a tu jefe de las bondades del teletrabajo.

Todo esto con datos exactos, páginas web que consultar, direcciones, teléfonos y demás. Información útil para los nuevos ricos o los que necesiten replantearse su modo de vida.

Pero, como dije, la parte más divertida es la dedicada a las curiosidades, que salpican cada página del libro. Ejercicios para leer un 200 % más rápido; la inutilidad de leer cada día el periódico; ejemplos reales de personas que han sabido encontrar formas asequibles de ganar 2000 dólares al mes dedicando media hora de esfuerzo cada lunes por la mañana; entrevistas a nuevos ricos y sus formas de ocio, que en nada se parecen ya a las imágenes arquetípicas de mansiones y cruceros; y sobre todo una larga lista de experiencias vitales del autor, algunas de las cuales son muy jugosas.

Como ejemplo, voy a transcribir cómo consiguió ser medalla de oro en los Campeonatos Nacionales Chinos de kickboxing sólo entrenando una semana (y no siendo especialmente bueno dando puñetazos y patadas):

 

Gané porque me leí las reglas y busqué vacíos legales que pudiesen beneficiarme. Encontré dos.
Se pesaba a los participantes la víspera del campeonato: utilizando técnicas de deshidratación que ahora enseño a levantadores de pesas, perdí 14 kilos en 18 horas, hasta que me pesaron (resultado: 82 kilos), y luego me hiperhidraté hasta volver a los 96 kilos y medio. Es difícil luchar contra alguien que pertenece a tres categorías de peso por encima de la tuya. Pobres chiquitos.
Había un detalle técnico en la letra pequeña: si un combatiente se caía de la plataforma elevada tres veces en una ronda, su oponente ganaba por incomparecencia del adversario. Decidí que este detalle sería mi única técnica y me limité a empujar a la gente hasta tirarla abajo. Como te puedes imaginar, al final los jueces no eran los chinos más felices del mundo.

 

Quizá el libro no es sea de gran utilidad, quizá le abra los ojos a algunos. En todo caso, su lectura, curiosa y divertida, es de todo punto recomendable.

Editorial RBA
Colección Integral Inspiracions
367 páginas

#35 ‘Las consolaciones de la filosofía’, de Alain de Botton

(Publicado originalmente en PeB)

Carambolas de la vida, cayeron en mis manos dos libros con similares propósitos: el popularísimo Más Platón y menos Prozac, de Lou Marinoff, y el que es objeto de esta reseña, Las consolaciones de la filosofía.

El primero confieso que fui incapaz de acabarlo: trataba de arreglar el mundo con cuatro recetas demasiado elementales, tenía aspecto de autoayuda cogida por los pelos, era pretencioso, limaba algunas aristas para que todo encajara en su tesis, mostraba una arrogancia y una superioridad frente a los demás saberes un poco estomagantes… casi parecía un publirreportaje para dar trabajo a una nueva clase de profesional: el terapeuta filosófico.

El segundo, del infalible Alain de Botton, sin embargo, es mucho menos ambicioso pero también más juicioso y templado.

Lo que más me llama la atención de Las consolaciones de la filosofía, este modesto manual para enfrentarse a la vida con cierto bagaje intelectual (no lo confundamos con un libro de autoayuda aunque juegue en la misma liga), es su tremenda facilidad para simplificar las ideas filosóficas más abstrusas en narraciones asequibles para profanos. La imagen recuerda a la de un grupo de hormigas rojas actuando con voracidad metódica sobre el cadáver de un animal: al final sólo queda la osamenta, un armazón limpio de impurezas gracias a la infinita pedagogía del autor.

La primera parte del libro, que trata sobre la independencia de nuestras ideas y nuestras acciones y la natural tendencia de la gente al gregarismo, resulta especialmente conmovedora gracias al relato de Sócrates, que mantuvo sus convicciones hasta el final, conservando la serenidad incluso en el momento de tomarse la cicuta. Hasta su carcelero, tras compartir unas horas de charla con él, acabó lamentando que el mundo deseara eliminar de un plumazo a un hombre tan amable, lúcido y sensible. También era bastante feo, pero se le perdona.

Luego viene una segunda parte dedicada al dinero, las posesiones y la publicidad, usando el pensamiento estoico de Séneca como hilo conductor, poniendo en evidencia que tenemos unas concepciones peligrosamente optimistas sobre el mundo y sobre los demás.

Más tarde leeremos sobre la ineptitud, tanto social, como cultural e intelectual, de la mano de Montaigne, que era todo un especialista en narrar las miserias humanas, empezando por él mismo.

Del amor y sus tribulaciones se encargará Schopenhauer. Y de las dificultades en general, Nietzsche, quien opinaba que la felicidad no era la ausencia de conflicto sino el saberse enfrentar con inteligencia al conflicto, entresacando lecciones que más tarde nos permitirán evitar otros.

Y es que Las consolaciones de la filosofía es un delicioso libro que arrojará un poco de luz a aquellas cuestiones que suelen obstaculizar el buen vivir, todo ello de una forma amenísima, franca, de un autor que no gusta enredar con conceptos ininteligibles y que, por el contrario, tal y como sostenía Montaigne, cree que la claridad expositiva y la diversión no están reñidas con la rigurosidad.

Ahí va un fragmento de la parte dedicada a Montaigne a propósito de las pedorretas:

 

Montaigne había oído hablar de un hombre que sabía tirarse pedos a voluntad y en cierta ocasión había organizado una pedorrera como acompañamiento métrico de un poema. No obstante, semejante alarde de control no contraviene su observación general en virtud de la cual nuestro cuerpo se lleva la palma sobre nuestra mente y nuestro esfínter es sumamente “indiscreto y escandaloso”. Montaigne conocía incluso un trágico caso de un trasero “tan turbulento y rebelde que tiene a su amo sin aliento tirándose pedos constantemente y sin remisión desde hace cuarenta años, llevándole así a la muerte.

 

Editorial Taurus, 2001
295 páginas

#34 ‘En las antípodas’ de Bill Bryson

(Publicado originalmente en PeB)

Tras la reseña de Una breve historia de casi todo, volvemos con otro libro de este prolífico autor británico que, además de escribir de viajes, se ha atrevido con la lingüística y la ciencia.

Para muchos, Bill Bryson es el viajero más divertido y excéntrico del mundo, y sus libros de viajes sobre Estados Unidos, de los que soy fiel devoto, así lo demuestran. Sin embargo, me costó atreverme con su última obra traducida al español que me quedaba por leer: nunca me ha llamado la atención ese país lejano que es Australia.

Por suerte, acabé leyéndolo y descubrí que En las antípodas es tan divertido e interesante como los otros. Y el libro también me ha demostrado que Australia es uno de los lugares más exóticos y curiosos del planeta. De hecho, si tuviera que elegir nueva nacionalidad, no dudaría en decantarme por la australiana.

No en vano, Australia es el sexto país más grande del mundo y la isla más extensa, sin embargo, también es uno de los países del primer mundo del que menos sabemos. Se celebraron las Olimpiadas, Mel Gibson nació allí… poco más. Sus noticias parecen no abandonar nunca la isla, sus gentes parecen vivir lejos de todos nosotros. ¿Cuántos de nosotros sabemos que un grupo terrorista hizo estallar hace poco una bomba nuclear en Australia? Y, no obstante, Australia es la Noruega del trópico: segura, limpia, ordenada, con un nivel de vida envidiable… y el sol brilla con frecuencia.

Australia también es un lugar indómito en muchos sentidos. Allí vive el ser vivo más grande de la Tierra, la Gran Barrera de Arrecifes; diez de las serpientes más venenosas del mundo son australianas; si bañándote en sus aguas ideales para surfistas te pica una medusa cofre, da igual que te inyecten morfina o que te quedes inconsciente, seguirás gritando de dolor porque no hay nada que sea capaz de generar tanto dolor como eso; un tiburón o un cocodrilo, si te descuidas, puede zamparte antes de que puedas pestañear; apenas se conoce una ínfima parte del interior de Australia, el outback, que puede guardar más oro del que jamás hayamos soñado, además de toda clase de animales que se creían extinguidos: el 80 por ciento de las plantas y animales de Australia no existe en ninguna otra parte del mundo; después del Transiberiano, el tren que cruza Australia es el que posee el trayecto más largo y cautivador; y así podríamos seguir hasta el infinito.

Australia también es el lugar más seco, llano, caluroso, árido, yermo y climáticamente agresivo de los continentes habitados. Sólo la Antártida es más hostil a la vida. Pero tras la narración de Bryson, uno arde en deseos de mudarse a vivir a uno de los mejores lugares del mundo en todos los sentidos. Incluso dispone de sus propios montes nevados para esquiar, aunque jamás hayamos oído sobre ellos, y también sobre su propio San Francisco contracultural, y también de su propio Los Angeles hortera y millonario.

Cada página de En las antípodas está repleta de información maravillosa sobre Australia, pero de nuevo la mayor virtud en el libro de Bryson es su capacidad para contarlo todo de una forma amena, didáctica y tan, tan divertida que a veces parece que estás leyendo un libro de humor. Sin duda, aunque jamás te hayas interesado por Australia (como me pasó a mí), En las antípodas es un libro imprescindible para todo el que tenga ganas de saber qué hay más allá de lo percibimos informativamente a diario. El resto lo disfrutará por igual gracias a los chascarrillos del entrañable Bill Bryson.

 

los australianos tienen los mejores y más entretenidos debates parlamentarios del mundo. Las noticias de televisión de Estados Unidos, e incluso la británica, se animarían enormemente si ofrecieran un informe diario del debate australiano. No haría falta explicar de qué va el asunto –de todos modos por lo general no hay quien lo entienda-, sino simplemente permitir que el público disfrutara del intercambio de insultos. En el libro Among the Barbarians, el escritor australiano Paul Sheehan informa de un intercambio de insultos en el Parlamento entre un hombre llamado Wilson Tuckey y el entonces primer ministro Paul Keating, del que transcribimos sólo un fragmento:
Tuckey: Usted es idiota. Es un tonto acabado.
Keating: ¡Cállese! Siéntese y cállese, cerdo… ¿por qué no se calla de una vez, payaso? … Este hombre tiene una mente criminal… este payaso nos va a interrumpir eternamente.

 

Editorial RBA Bolsillo
414 páginas

(He comenzado el reto de leer 50 libros en un año)

¿Se puede decir que Hamlet es una porquería sin parecer un ignorante?

(Publicado originalmente en Fantasymundo)

 

¿Qué es un libro bueno? ¿Puedo denostar una obra de Shakespeare o de cualquier otro autor intocable sin parecer un necio o sólo puedo determinar que no me gusta pero, todo y así, reconocerle unas cualidades inherentes?

Antes de sumergirnos en tan peliagudas cuestiones, advertir que para hablar de cualquier tema siempre es condición sine qua non reírse de lo intocable, ridiculizándolo, reubicándolo en el justo lugar donde deben estar todas, absolutamente todas las cosas: a ras de suelo, lejos de altares, de genuflexiones versallescas, de protocolos, de persignaciones, de viriles antibalas con alarma de seguridad y de etiquetas con los precios hinchados por la especulación, el charm de pacotilla, la inercia y la moda.

Dicho lo cual, empecemos.

En primer lugar, asombra que muchos de los llamados expertos en Literatura ignoren (y hasta desdeñen) disciplinas fundamentales para el conocimiento íntimo del arte, como pueden ser la neurobiología, la psicología evolutiva o la genética. Los expertos de este tipo, cerrados en su conocimiento, me hacen el efecto de mecánicos que sólo conocen los colores con los que se pueden pintar la carrocería de un coche pero que jamás han levantado el capó para examinar el motor. Todavía no entiendo por qué en las facultades de letras no se imparten al menos nociones sobre estas disciplinas y, de una vez, se aclara un poco la niebla conceptual que convierte la exégesis literaria en hermética y dogmática.

Así pues, ante la pregunta de si existe algún baremo fiable para catalogar cualitativamente las obras literarias, la respuesta por necesidad deberá ser multidisciplinar. Y en base a ella, hoy en día sabemos cuatro cosas y poco más sobre el asunto: el resto de discusiones bizantinas son estériles, un pasatiempo como otro cualquiera, donde cualquier postura se puede defender o atacar si se dispone del armamento retórico necesario. Estas cuatro cosas que sabemos son las siguientes:

Biológicamente SÍ existe codificado en nuestro cerebro qué es bonito, feo, armónico, etcétera. Da igual dónde hayamos nacido o quién nos haya educado, todo ello viene de serie al nacer. Lo que sucede es que la cultura en la que esté inmerso el cerebro puede matizar (aunque no tanto como se cree popularmente) algunos de estos conceptos predefinidos o hasta tergiversarlos en base a estos intereses:

1) El ser humano precisa de la construcción de filtros artificiales para asimilar mejor la información, así que suele depositar su confianza informativa en individuos que se designan como autoridades en la materia (aunque no sea así o sea imposible ser docto en cuestiones subjetivas).

2) La gente está interesada en sobresalir frente a los demás, mostrando posesiones, fuerza, conocimientos… así que inconscientemente a la gente le gusta que exista una división entre obras buenas y malas para poder decir que ha leído las buenas y, por tanto, demostrar que es superior intelectualmente y más interesante en general del que dice haber leído las obras malas.

3) Las elites y los creadores de opinión tratan de desprenderse del vulgo cuando el vulgo abraza los preceptos que ellos defienden a fin de no ser confundidos con ellos. De modo que en su necesidad por descollarse del vulgo, la elite será capaz de adscribirse a obras manifiestamente excéntricas. Pero cuando la mayoría abrace lo excéntrico, entonces volverán a lo clásico. Hay largas listas de críticas feroces a obras que hoy se consideran maestras y viceversa. ¿Significa eso que los críticos no tienen ningún consenso? En parte no lo tienen, y en parte deben flexibilizarlo para mantenerse ajenos al vulgo. Un ejemplo paradigmático de este movimiento pendular es la noción duchampiana de que el arte se encuentra en todo tipo de objetos y situaciones: Duchamp vio en un urinario de caballeros una Fuente de agua pura, y cierto sector de la elite aplaudió. Ahora, en el Ego Gallery de Barcelona, Victoria Campillo ve en los calzoncillos de Calvin Klein de rayas a Jonhatan Lasker o a Daniel Buren.

¿Quiere decir todo esto que uno puede lanzar el temerario juicio de resulta más interesante Harry Potter que Cien años de soledad? Pues sí, según lo que el lector esté buscando en la lectura y considere interesante en una obra. Por ejemplo, si nos basamos en qué obras aportan más conocimientos e instrucción intelectual, pues entonces todos deberíamos lanzarnos de cabeza a las enciclopedias.

Y ¿los que consideran más interesante Cien años de soledad que Harry Potter son personas más instruidas? Según lo antedicho, no. Sólo se acostumbran a que sea así porque uno quiere encajar y sobresalir en los grupos sociales en los que compite. Por ello, incluso, aunque al principio la música máquina no suele ser agradable para el oído, a medida que uno se introduce en un nicho social donde la música máquina es un valor añadido, el oído amolda su sensibilidad al tunda tunda, y sí, aunque sea insólito, a uno le acaba gustando genuinamente la música máquina. Como sucede con Hamlet.

Otra cuestión muy distinta es admitir que sea necesario o no, desde este punto de vista artificioso, el crear listas de libros buenos y malos. Socialmente esa dicotomía es imprescindible: todos los intentos de crear, por ejemplo, vestidos igualitarios y baratos han fracasado, porque el ser humano precisa de elementos diferenciadores que demuestren su grado social e intelectual. Pero, como en todo, lo importante es conocer las reglas del juego para jugar sin radicalizar posturas, como tampoco radicalizamos posturas a la hora de dictaminar si son mejores las fichas blancas o las negras. Limitémonos a mover ficha y a jugar y no nos creamos demasiado el tono grandilocuente de nuestros juicios.

#33 ‘El primero trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida’, de Philippe Delerm

(Publicado originalmente en PeB)

Éste es un exquisito librito sobre esos placeres baratos, asequibles, casi insignificantes, con los que sazonamos nuestras vidas. Una clase de placeres alejados totalmente de la pompa y el boato, que cualquier clase de persona, pobre o rico, mayor o joven, puede paladear con fruición. Veniales satisfacciones cotidianas que, tras la lectura de este pequeño manual, acogeremos aún con más devoción si cabe.

Phileppe Delerm (1950, Auvers-sur-Oise) ya era medianamente conocido como escritor en su país natal, Francia, donde obtuvo premios como el Alain-Fournier o el Nacional de los Bibliotecarios. Pero ha saltado a la fama mundialmente con El primer trago de cerveza, un libro en principio minoritario destinado a lectores selectos que, sin embargo, permaneció por sorpresa por más de un año entre los tres primeros libros más vendidos de Francia.

Delerm nos deleita con 34 placeres mínimos como el que menciona el título o (y este es mi favorito) conducir de noche por una autopista, además de llevar una navaja en el bolsillo, ir a por cruasanes recién hechos una fría mañana de invierno, leer en la playa, viajar en un tren viejo, leer el periódico durante el desayuno dominical… y así hasta completar este delicioso libro del que podría leerse cada noche un capítulo, en la cama, bien tapado, hasta dormirse con las últimas palabras. Sin duda otro placer.

Porque los textos son cortos, píldoras microscópicas de apenas 2 páginas por placer, pero son suficientes para recolectar lo sustancial de cada uno de estos pequeños tesoros de la vida diaria. Demostrándonos en pocas líneas que muchas veces no prestamos suficiente atención a los detalles minúsculos, y que es precisamente en esos detalles nimios donde reside el verdadero amor a la vida.

Ahí va un fragmento sobre la autopista de noche:

Es extraño el coche: a la vez es como una casita familiar y como una nave espacial. Al alcance de la mano, unos caramelos mentolados de regaliz. Pero en el cuadro de mandos esos polos fosforescentes de color verde eléctrico, azul frío, naranja pálido. Ni siquiera necesitamos la radio –tal vez la pongamos luego, a medianoche, para escuchar las noticias. Resulta agradable dejarse seducir por ese espacio. Por supuesto, todo parece dócil, todo obedece: el cambio de marchas, el volante, un toque de limpiaparabrisas, una ligera presión en el elevalunas. Pero al mismo tiempo el habitáculo nos maneja, impone su poder. En ese silencio acolchado de soledad, nos sentimos casi como en una butaca de cine: la película desfila ante nosotros y parece lo fundamental, pero la imperceptible levitación del cuerpo produce una sensación de dependencia consentida, que también cuenta lo suyo. Fuera, en el foco luminoso de los faros, entre el guardarraíl de la derecha y las matas de la izquierda, reina la misma quietud. Pero si abrimos el cristal de repente, el aire exterior abofetea nuestra semisomnolencia: resurge la velocidad brutal. Fuera, los ciento veinte kilómetros por hora tienen la densidad compacta de una bomba de acero arrojada entre dos guardarraíles.

En definitiva, una compilación de miradas voluptuosas hacia las cosas que nos rodean, hasta convertirlas en cosas tan especiales o más que aquellas cosas que anhelamos y nunca podremos poseer. Sus dotes de observación no se han detenido y poco después escribió una especie de segunda parte, La siesta asesinada, en la que también ha sabido captar los detalles en los que, en medio del bullicio y del estrés, apenas reparamos y que de pronto otorgan sentido a nuestra vida.

Tusquets Editores
Colección Los 5 sentidos (y Fábula)
112 páginas

(He comenzado el reto de leer 50 libros en un año)

Lo que se vende gratis genera dinero o la estupidez de pagar por la cultura

(Publicado originalmente en PeB)

En Papel en Blanco ya se ha analizado en numerosas ocasiones la conveniencia de aplicar un canon en las bibliotecas. Por primera vez en la historia, gracias a Internet, podemos minimizar los gastos de distribución y copia de la cultura casi a cero. Así pues, no basta con recurrir a la respuesta que siempre se ha esgrimido sobre esta cuestión: “la cultura se paga al igual que se paga cualquier otra cosa”. Porque el fuego que mantiene encendida una vela puede encender otras velas sin menoscabo de la vela original, y rentabilizar eso económicamente provocará que muchos de nosotros nos quedemos a oscuras. No resulta una idea fácil de digerir, por supuesto, pues hemos nacido en otro tipo de mundo muy distinto al actual, y nos resistimos a adoptar nuevos esquemas mentales.

Pero si los músicos, y ahora lo escritores, van a tener problemas para ganarse la vida con su trabajo (bueno, siempre los tuvieron, porque los que en verdad sacan tajada son las editoriales, los productores y los distribuidores) quizá deberían buscar otras formas de hacerlo que no sean perpetuar un periclitado modelo de negocio.

Aún recuerdo los días en los que casi nadie admitía que el intercambio de archivos a través de redes de pares era completamente legal (y hasta necesario para oxigenar la cultura). En los primeros y tímidos debates televisivos, por ejemplo, la mayoría de polemistas demonizaban estas actividades, sólo achacables a individuos nacidos del lumpen; incluso el público presente renegaba de los novedosos argumentos de abogados como David Bravo o periodistas como Nacho Escolar.

Las cosas, afortunadamente, están cambiando. En los últimos debates televisados sobre piratería e Internet, las voces que criminalizan el intercambio libre de cultura o la necesidad de la copia privada para el desarrollo social se relacionan con lo carca, con lo inmutable, casi con lo mafioso. Teddy Bautista y Ramoncín (SGAE) han pasado de ser héroes (si alguna vez lo fueron) a convertirse en aburguesados tiburones de las finanzas que sólo intentan salvar un negocio sumamente lucrativo.

Y las cosas están cambiando todavía más cuando se aprueban cánones injustos y desproporcionados que gravan toda clase de objetos susceptibles de facilitar el intercambio o almacenaje de cultura. Prueba de ello es el espléndido artículo de opinión que leía hace algún tiempo en El Periódico, casi a página completa, firmado por Jaume Ribera, profesor del IESE. En él habla del delito de la piratería o el top manta (no confundir con el intercambio de archivos sin ánimo de lucro) y de la injusticia de un canon que minimice las pérdidas económicas de la industria musical.

Extraigo dos fragmentos:

 

¿Quién aceptaría en una democracia que la penalización por un delito se distribuyera entre todos los ciudadanos en vez de castigar a quien lo comete? Imaginemos que a partir de una estimación del número de conductores que exceden la velocidad límite en las autopistas, se calculara el total de multas a recaudar y se distribuyera esta cantidad a pagar entre todos los conductores con independencia de la velocidad a la que circulan. Se podría incluir en el precio del coche el promedio de multas que debería pagar cada conductor y así podríamos evitarnos la policía de tráfico. ¿Lo aceptarían los ciudadanos? Más o menos esto es lo que hace el canon digital.
(…)
Hay ya antecedentes de situaciones similares al canon digital. Los grandes almacenes incrementan los precios para compensar los robos de artículos de sus tiendas. La diferencia está en que entre los grandes almacenes hay competencia y como cliente puedo optar por cambiar si uno de ellos me aplica un canon de robo excesivo. Desgraciadamente, con el canon digital no tendré opción de cambio. Para aprovechar lo que ya me habrán cobrado, ¿tendré que convertirme en pirata?

 

En el otro extremo del debate, y descendiendo a las catacumbas de la oligofrenia y el buenrollista y meándrico discurso del porro, me encuentro con una entrevista realizada a Pau Doné, de Jarabe de Palo, por parte de los lectores de elmundo.es:

 

Pregunta: “No robes”‚“eres un ladrón”‚ ¿sabe usted que la copia privada no es un delito?
Respuesta: No me vengas con rollos.

 

En este mundo, los cerebros de la gente funcionan a dos velocidades. O a tres, si nos ponemos quisquillosos. Los que funcionan a baja velocidad serían los que se empecinan en promulgar un modelo de negocio cultural basado en la venta de soportes físicos en estanterías físicas y bajo los dictámenes de distribuidores. Cada día están más lejos. Sus pataleos, en la distancia, ya casi parecen paródicos. La distancia también te otorga una visión entre asombrosa y terrible del cambio: vivíamos en una auténtica dictadura económica y social, que hasta comprometía las libertades fundamentales. No exagero.

Luego hay cerebros que funcionan a muchas revoluciones por minuto, que están sincronizados con los vertiginosos cambios que impone la nueva sociedad de información, las redes sociales, las webs 2.0 y tantas otras cosas que seguramente aparecerán en pocos días, o minutos. Chris Anderson, editor jefe de la revista Wired, pertence a este segundo grupo, y así lo demuestra su artículo, que es una anvanzadilla de lo que será su libro Free, que aparecerá a principios de 2009.

Gentileza de Enrique Dans, reproduzco sus impresiones tras la lectura del artículo de marras:

 

Chris desgrana de manera magistral las razones por las cuales, en una economía como Internet en la que los costes tienden a cero, el futuro de los negocios es el ofrecer productos gratuitos, en cualquiera de las seis versiones de gratuidad que propone en su taxonomía: freemium, publicidad, subsidios cruzados, coste marginal cero, intercambio de mano de obra y economía del regalo. Una taxonomía que va a convertirse en una especie de biblia para todo aquel que tenga un negocio que de alguna manera tenga su base o se extienda en Internet. Podemos discutir los costes inherentes a la actividad, los de almacenamiento, ancho de banda o lo que queramos, pero finalmente todo se reduce a lo mismo: que algo sea gratis no quiere decir que no vaya a generar dinero, de acuerdo con cualquiera de los modelos expuestos en la taxonomía. En el momento en que las actividades de una empresa rozan lo digital o la red, el modelo gratuito pasa a ser ya no una opción, sino la única opción.

 

Para los que manejen el idioma del Shakespeare, aquí está el artículo original.

Ah, se me olvidaba: el tercer grupo de personas son los que ni siquiera se mueven por sí mismos, no poseen ningún tipo de locomoción, sólo se dejan arrastrar por la marea y se contentan con lo que la misma marea les deja en la orilla. Los nuevos analfabetos funcionales que se creen que la Red sirve para pescar.

¿Los escritores sólo escriben a cambio de sexo? (II)

(Publicado originalmente en PeB)

Desde la psicología evolutiva se nos dice que las hembras seleccionan a los varones para la cópula en base a su éxito social. Pero hay muchas formas de medir el éxito social: el dinero, los bienes materiales o, como decía el biólogo Geoffrey Miller, la creatividad y la habilidad artística. Este último constituye el menos conocido de los éxitos sociales aunque probablemente sea el más poderoso de todos. La gaviota adulta hembra tiene una mancha anaranjada en su pico, que los polluelos se dedican a picar instintivamente para estimular a la madre a regurgitar y así alimentarles. Niko Tinbergen demostró que los polluelos picaban con más ansia un modelo exagerado de gaviota de la mancha anaranjada. Es lo que se denominan “estímulos supernormales”. Pascal Boyer señala que los seres humanos explotan sus propios estímulos supernormales: las manifestaciones artísticas. La música, por ejemplo, es una experiencia auditiva intensificada y purificada que sobreestimula la corteza cerebral. Los colores saturados de las pinturas hacen lo propio. Dice Boyer que posiblemente la razón por la que los animales no poseen alguna especie de arte sea que carecen de lenguaje:

 

las otras especies carecen de las herramientas para crear combinaciones sucedáneas de estímulos y, por lo tanto, carecen de una perspectiva que les permita la exploración de las combinaciones de sus propios sentidos.

 

Eso no quita que existan gaviotas con el pico anaranjado, o pájaros que engalanan sus nidos como si fueran pseudoartistas para atraer a las mejores hembras, o colas de pavo real abiertas en forma de abanico. Todo ello apareció a raíz del nacimiento de la reproducción sexuada. Habla Ulrich Renz en La ciencia de la belleza:

 

A partir de entonces, el marketing se convirtió en una necesidad para sobrevivir. Se comenzó a invertir cada vez más en toda una serie de espectáculos de luz, sonido y aroma con el objeto de poder atraer, seducir y fascinar a una posible pareja. (…) La fresa también ejerce en cierto modo de objeto sexual y se presenta al transeúnte con su color rojo, provocativo y apetitoso, con el objeto de poner en circulación sus semillas.

 

Con el arte, escribiendo, también se demuestra el éxito a nivel memético. Es decir, el éxito de las habilidades innatas de un individuo a la hora de imitar las habilidades de los demás o generar nuevas habilidades que sean imitadas por la mayoría.

Esto es más importante de lo que parece. Cuando alguien quiere aprender a montar en bicicleta, por ejemplo, necesitará recibir una serie de enseñanzas pero, sobre todo, imitará a otros que saben montar en bicicleta basándose en la simple observación. Al contemplar cómo alguien monta en bicicleta es fundamental saber captar lo primordial y descartar lo accesorio. Por ejemplo, es primordial mantener el equilibrio pero es accesorio vestir de la misma forma que el ciclista o montar el mismo modelo específico de bicicleta. Estas distinciones resultan realmente dificultosas para un animal de mente simple o para una inteligencia artificial, que acostumbra a asignar el mismo valor a todos los detalles. Pero miles de años de selección natural han facilitado que los seres humanos desarrollemos una fabulosa habilidad para imitar sólo lo esencial de una acción, incluso siendo capaces de aplicar pequeñas variaciones para alcanzar el mismo fin, de tal modo que nuestra imitación parezca de creación propia. Como si pudiéramos resumir cualquier acción en una receta de cocina: es orientativa y flexible pero el resultado es fundamentalmente el mismo.

Susan Blackmore, en La máquina de los memes, lo resume así:

 

La coevolución meme-gen supone que los humanos preferirán aparearse con aquellos que mejor transmitan sus mentes. (…) Los poemas y las canciones de amor constituyen la evidencia histórica de lo antedicho como también lo evidencia, por ejemplo, la conducta sexual de los políticos, de los escritores y de las estrellas de la televisión (Miller, 1993). (…) Veamos algunos ejemplos. En las primeras sociedades cazadoras-recolectoras, el hombre especialmente hábil para imitar habría sido capaz de copiar las habilidades cinegéticas más punteras o las últimas novedades en tecnología para fabricar instrumentos de piedra y, por ende, habría adquirido una ventaja biológica. (…) Ello sugiere que la pareja más deseable sería aquella cuyo estilo de vida le permitiese transmitir un mayor número de memes, como por ejemplo, un escritor, un artista, un periodista, un presentador, un actor de cine y un músico. Sin lugar a dudas, algunas de estas profesiones representan una buena oportunidad para tener adeptos admiradores y para mantener relaciones sexuales con quien deseen. Jimi Hendrix, al parecer, tuvo muchos hijos en cuatro países distintos antes de morir a la edad de veintisiete años. Se dice que H.G. Wells, aunque feo y con una voz horrible, era especialista en el arte de seducir varias damas cada noche. Charlie Chaplin era bajito y no precisamente agraciado y, no obstante, su historial como seductor es notorio como lo fue, al parecer, el de Balzac, Rubens, Picasso y Leonardo da Vinci.

 

Así pues, el fin último de mostrar nuestro arte es llamar la atención del sexo contrario.

Si un escritor responde con historietas personales, causa el mismo efecto si el preguntado es el onanista que disfruta masturbándose: la razón freática de su deseo de masturbarse nace de su necesidad de dejar encinta a una mujer, aunque evite hacerlo. El objetivo inconsciente del escritor es el mismo aunque jamás lo lleve materialmente a cabo.

Por supuesto, existen mutantes (menos de los que creemos), raros, excéntricos que hacen algunas cosas que naturalmente no están inscritas en su código genético (y cultural, que suele solaparse al genético): un asesino en serie, por ejemplo. No es el caso de alguien que se someta a una dieta hipocalórica, pues, aunque contra natura, la lleva a cabo en eterna lucha con un deseo instintivo de ingerir calorías; al contrario del psicópata intratable, que simplemente se deja llevar por sus disposiciones naturales.

Pero generalmente, salvo excepciones, el arte persigue la cópula. La literatura es sexo, reproducción, seducción, instinto de supervivencia, marketing de lupanar, eyaculaciones de tinta.

Que todo esto sea así no debería, no obstante, desalentar a nadie, ni a escritores ni a lectores. También sabemos hace tiempo cómo funciona el proceso de la digestión, las razones que nos impulsan a comer, incluso los motivos que nos llevan a decantarnos por una clase u otra de alimentos, y aún así continuamos deleitándonos con la cocina, elaborando recetas o acudiendo a restaurantes. Disfrutamos del sabor casi místico de un buen plato sin cuestionar que nuestras papilas gustativas sólo encuentran agradable lo que resulta rentable a nivel metabólico.

Se escribe para resultar interesante a parejas sexuales potenciales, se come para asimilar grasas. La vida sigue. El problema aparece si nos empecinamos en negar la evidencia porque no somos lo suficientemente maduros para encajarla, tratando de perpetuar una creencia a todas luces obsoleta sólo por miedo a que nada sea como antes.

La solución pasa por aceptar la verdad y seguir jugando y divirtiéndonos: porque también la razón última de la masturbación es la reproducción y, todo y así, no nos reproducimos con ello y seguimos disfrutando de ese placer, engañando a nuestros instintos con fantasías sexuales pasajeras: le hacemos creer a nuestro cuerpo que está con una modelo de pasarela cuando en realidad estamos solos. Escribir, a ese nivel, se parece mucho a la masturbación (¿es una paja mental?). No hay ningún oprobio si practicas algo para ganar puntos sexuales si practicando ese algo también generas muchos beneficios a la comunidad, como que te lean y disfruten, como transmitir ideas nuevas, como hacer pensar a los demás, etcétera.

Así que basta de trampantojos, basta de ardides para mantener el chiringuito, basta de volver oscuro e ininteligible lo que no lo es en absoluto por el simple hecho de otorgarle profundidad. Basta de creer en Papa Noel para ser buenos. Porque sólo hace falta el soplido de alguien para que todo el castillo de naipes se venga abajo y se demuestre que Papá Noel es un invento de los grandes almacenes. De modo que ya es hora de empezar a construir un discurso formado de ladrillos en torno a la literatura y el arte en general.

Ya no escribiremos porque nos creamos llamados a desempeñar una actividad sobrenatural y trascendente, lo haremos con mayor humildad, a sabiendas de que lo que escribamos puede resultar maravilloso para unos o un auténtico despropósito para otros. Aprovechémonos del impulso inicial (e irracional) de querer echar un polvo para escribir buenas novelas, pero dejemos, por favor, de seguir justificando nuestro trabajo con ideas grandilocuentes.

¿Los escritores sólo escriben a cambio de sexo? (I)

(Publicado originalmente en PeB)

¿Por qué escribes? Inquirido por esta pregunta, el escritor desplegará una colección de razones con la rapidez con la que un croupier reparte cartas: para ordenar mi mente, para expresar mi rico mundo interior, para obtener la inmortalidad o, el vacuo y perogrullesco, porque me gusta o me hace sentir bien. Claro, sólo faltaría.

En suma, respuestas imprecisas que pueden instalarse en uno u otro punto de una infinita espiral conceptual. Pero si ese invento vienés, el subconsciente, parece regir en gran medida nuestras existencias, ¿qué valor tiene la respuesta del interpelado? Ya lo digo yo: ninguna. Aunque sirve para llenar huecos (del conocimiento o del silencio, tanto da), y eso ya le parece suficiente a la gente.

Con todo, el objetivo de este artículo es el de alcanzar una respuesta un poco más profunda, a la luz de los conocimientos que atesoramos en la actualidad sobre neurobiología, genética, psicología evolutiva y hasta memética. Y de paso, intentaremos degradar la pregunta “¿por qué escribes?” a la categoría de superflua. Vamos a por ello.

A una pregunta cualquiera uno puede contestar con su opinión personal, por supuesto. Pero una cosa es creer y otra muy distinta, saber. Hoy en día tenemos explicaciones sobre numerosos fenómenos cuyos entresijos conocemos a la perfección. Estas explicaciones no se sustentan en opiniones personales sino en pruebas hasta cierto punto verificables. Podríamos llamarlas explicaciones freáticas sobre las cosas.

Los motivos por los que tomamos una u otra decisión en nuestra vida también poseen un nivel freático de explicación. Uno puede verter múltiples opiniones personales acerca de por qué le atraen los pechos de una mujer, pero raramente dará una explicación freática: porque constituyen el alimento de su futuro hijo; las mamas atraen porque son expendedores de calorías, como biberones naturales. La explicación freática de por qué nos atrae determinado perímetro de caderas en una mujer, es que calculamos inconscientemente qué perímetro es el más apropiado para alojar al feto, como el que se dispone a comprar un inmueble y se siente seducido por las medidas de la sala de estar. La explicación freática de que una mujer se sienta atraída por las nalgas duras y los muslos poderosos de un hombre es que calcula inconscientemente la salud de ese hombre, y también su poderío a la hora de embestirla y alojar en ella su simiente.

Las explicaciones a nivel freático suelen ser raras, contraintuitivas, desconcertantes, porque no suelen basarse en opiniones personales basadas en mitos o herencias culturales precientíficas sino en cómo funciona realmente la naturaleza.

Así pues ¿cuál es la explicación freática de la necesidad de escribir? ¿Por qué, yo mismo, estoy ahora dándole a la tecla?

Existen teorías científicas que sostienen que el impulso de creación artística no es más que una estrategia de apareamiento: una forma de impresionar a posibles compañeros sexuales o de matrimonio con la demostración de la calidad del propio cerebro y, con ello, indirectamente, de los propios genes. En pocas palabras, los artistas poseen un atractivo sexual extra, como el que ostenta un coche caro o unas espaldas anchas. El artista escribe, pinta, canta…. para intercambiar segmentos de ADN, que diría un Freud genetista, para perpetuarse en el tiempo y huir así de la muerte (pese a la célebre observación de Woody Allen de que él no deseaba la inmortalidad por el arte, sino por no morir). La teoría, quizá, peca de reduccionista, pero no lo es tanto como aparenta.

De todas formas, me seduce mucho más otra teoría que postula que el arte es un subproducto de otras tres adaptaciones biológicas: el ansia de estatus, el placer estético de experimentar objetos y entornos adaptativos y la capacidad de diseñar artefactos para conseguir los fines deseados (de ahí el éxito del programa Bricomanía. Según esta teoría, el arte sería una tecnología de placer, como las drogas, el erotismo o la alta cocina.

Sin embargo, si nos centramos específicamente no tanto en la razón de que exista el arte como en la razón de que, además de disfrutar con él en privado, también tengamos la necesidad en muchas ocasiones de exponerlo, de mostrarlo a los demás y de recibir una reacción positiva del otro, entonces esta necesidad, la de escribir, está íntimamente conectada con la reproducción.

Para ilustrarlo me gusta recurrir al ejemplo del que he bautizado como “pájaro Pollock”. El nombre viene dado a raíz de la noticia que leí hace un par de años sobre un inversor mexicano que batió el récord mundial de una subasta de pintura al pagar más de 109 millones de euros por Número 9, de Jackson Pollock. El “pájaro Pollock” en realidad es el tilonorrinco de Australia y Nueva Guinea. Los machos de esta ave construyen complicados nidos y los decoran primorosamente con objetos de color, como orquídeas, conchas de caracoles, bayas y cortezas de árbol. Algunos de ellos pintan literalmente esas enramadas con residuos de frutas que regurgitan, empleando hojas o cortezas como pincel. Las hembras valoran los nidos y se emparejan con los creadores de los nidos más simétricos y más profusamente adornados.

Si entrevistásemos al pájaro de marras, probablemente admitiría sin reparo que él no se toma tantas molestias con su nido para echar un casquete ni para reproducirse con la hembra más adecuada, sino que siente la necesidad irreprimible de expresarse de ese modo, de jugar con el color y la forma. Que es algo que está más allá de lo cerebral, que es algo espiritual, mágico. Y sí, que es casual que las hembras asistan a la exposición y que la aprecien con grandes elogios, pero que ni mucho necesita de sus halagos. Lo que desea realmente el pájaro es realizarse como artista. Y seguro que también diría que si algún día muere, tampoco le importará que otras personas vendan su nido por cien millones de euros.

Devoradores babelianos de libros

(Publicado originalmente en Fantasymundo)

Hace ya algún tiempo, leía en la prensa una curiosa noticia acerca de la pena con la que Turquía había condenado a dos ladrones: durante su estancia en la cárcel, los presos debían leer tres horas cada día y hacer resúmenes de los libros. Observando sentencias como ésta uno se plantea seriamente lo de hacerse ladrón; al menos de ese modo obtendrá un tiempo precioso que cualquiera de nosotros no posee para leer y, además, habrá alguien obligándole a hacerlo, que ya se sabe que somos de naturales perezosos incluso para las cosas que nos gustan.

El juez decidió que el libro por el que tenían empezar era Crimen y castigo, de Dostoievsky. Esa elección me desalienta un poco a la hora de transgredir la ley: no hay nada peor que te obliguen a leer. Y más si eres un prisionero de una cárcel turca y tienes que leer a Dostoievsky, que no es precisamente un autor fácil.

Y es que hay tanto donde elegir que acostumbro a obsesionarme con la ingente cantidad de libros que existen y el poco tiempo del que disponemos para consumirlos (por fortuna, me va por épocas). Se publican miles al año, y además quedan pendientes todos los siglos de literatura que nos precedieron. Hay tanta variedad que abruma.

Yo intento leer, como mínimo, 50 títulos al año, y aún así me quedo tan corto que busco estrategias para al menos echar un vistazo a todos los libros que puedo. Lecturas en diagonal, imponerme plazos de lectura, aprovechar todos los momentos muertos por mínimos que sean, etcétera. Sin embargo, no es suficiente y uno echa de menos esos Portales de Prosa que aparecen en la saga de Thursday Next de Jasper Fforde para zambullirse en todos los libros que le apetezca.

Lo de los Portales de Prosa suena un poco fantasioso, pero confío mucho en el futuro a este respecto. ¿Acaso no es plausible que en poco tiempo podamos recibir la información que contiene un libro de una forma más rápida y eficaz que posando nuestra vista en una colección de insectos aplastados sobre un puñado de cortezas de árboles prensados? Al igual que años atrás la vida dio un salto del mar hacia la tierra, aprendiendo a respirar oxígeno para explorar un nuevo mundo repleto de posibilidades, éste constituiría otro salto de similar naturaleza: de la tierra firme a la virtual, al ciberespacio, que nos obligará a aprender a respirar bits.

Sócrates ya le había dedicado funestos augurios a la implantación de la escritura en detrimento de la oralidad como vehículo transmisor del conocimiento, así que no es extraño oír parecidos recelos hacia Internet o la Realidad Virtual en relación a la palabra escrita. Porque la tecnología de ceros y unos, a este respecto, supondrá el mayor avance para la literatura desde Gutenberg.

Pronto podremos acceder con un simple click a todas las obras escritas existentes, en una suerte de Biblioteca de Alejandría multiforme y multicapa, retroalimentada y participativa. Y una vez consigamos este prodigio, entonces también surgirán formas de consumo que resultarán más voraces que la simple lectura tradicional. Y por fin, ¡por fin!, podremos conocer en profundidad el contenido de cientos, miles de títulos que irán multiplicándose sin fin gracias a los nuevos modelos gratuitos de distribución. Ya no habrá límites ni de creación ni de consumo.

Dispondremos de más libros que nunca en la historia. Consumiremos más libros que nunca en la historia. Y todo acabará siendo más sencillo que introducir un DVD en el lector correspondiente y tumbarnos en el sofá a disfrutar de las imágenes. La información fluirá de formas que no podemos ni imaginar. Y aunque todo ello suene a ciencia ficción sin fundamento, antes de lo que creemos será viable la creación de la biblioteca que el poeta argentino Jorge Luis Borges ya ideó como experimento filosófico: la Biblioteca de Babel.

Para ser verdaderamente conscientes de las nuevas fronteras que nos esperan a la vuelta de la esquina, me permito transcribir un minucioso fragmento de La peligrosa idea de Darwin, del filósofo Daniel Dennett:

Borges nos relata las desoladoras exploraciones y especulaciones de unas personas que se encuentran viviendo en un enorme almacén de libros, estructurado como un panal de abejas, compuesto de miles (o millones o miles de millones) de huecos hexagonales rodeados por galerías recubiertas de estantes. Si nos apoyamos en una barandilla y miramos hacia arriba o hacia abajo no veremos ni el extremo superior ni el inferior de estos espacios vacíos. Nadie ha encontrado todavía un hueco hexagonal que no esté rodeado por seis huecos vecinos. Ellos se preguntarán: ¿es infinita la biblioteca? Eventualmente deciden que no lo es, pero también puede serlo porque parece que en sus estantes –sin ningún orden, ¡qué lástima- se encuentran todos los libros posibles.

Supongamos que cada libro tiene 500 páginas y cada página tiene 40 líneas de 50 espacios, de modo que hay dos mil caracteres por página. Cada espacio o está vacío o tiene un carácter impreso en él, escogido entre un conjunto de 100 (las letras mayúsculas y las letras minúsculas del inglés y de otras lenguas europeas, más los espacios vacíos y las marcas de las puntuaciones). (Borges escogió cifras ligeramente diferentes: libros de 410 páginas con 40 líneas de 80 caracteres cada una. El número total de caracteres por libro es bastante cercano al mío: 1.312.000 frente a 1.000.000, lo cual no representa mucha diferencia. Yo escogí números redondos para un más fácil manejo). En algún lugar de la Biblioteca de Babel hay un volumen constituido en su totalidad por páginas en blanco y otro volumen lleno de signos de interrogación, pero la inmensa mayoría consiste en un galimatías tipográfico: ninguna regla ortográfica ni gramatical, y, por descontado, ninguna regla de sentido, prohíbe la inclusión de un volumen. Dos mil caracteres por página, a 500 páginas por libro, suman 1.000.000 de caracteres por libro, así que para 100 libros la cifra de caracteres es 1001.000.000. Dado que se estima que en la región del universo hay solamente 10040 (más o menos) partículas (protones, neutrones y electrones) que podemos observar, la biblioteca de Babel no es ni de lejos un objeto físicamente posible.

Son muchos libros. Demasiados. Pero ¿quién iba a decir hace 10 años que podríamos ver estrenos cinematográficos en nuestro trayecto en tren en un pequeño dispositivo alojado entre nuestras manos? Son muchos libros, demasiados… pero confío en que pronto los podamos tener todos dentro de nosotros.